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¿Puede calcularse el valor de un ecosistema?

Seguimos empeñados en ponerle precio a todo. La tendencia de la Economía Ambiental de valuar los ecosistemas cada día tiene más partidarios. Sin embargo, apelando al sentido común no considero muy atinada la idea de llegar a saber el valor real de un ecosistema, lo que es muy diferente a evaluar y describir los servicios ecológicos que este pudiera brindar y su importancia, lo que lleva un análisis complejo per se y sin dudas, lo cualitativo es relevante. Llevar esto a números no creo que sea precisamente un reto; más bien, un imposible.

A menudo se escucha hablar del capital natural, muchas veces entendido como el patrimonio de recursos naturales que poseemos en una escala espacio temporal definida, o bien puede hacerse referencia al patrimonio natural global… los errores comienzan cuando se intenta dar un valor neto a ese capital. Es muy fácil poner valor a algo tangible o a algún servicio concreto, pero el valor de un río, de un bosque, de una playa, de una bahía, es prácticamente imposible calcularlo. Solamente considerando las dinámica de los procesos naturales y el constante impacto que sufren los ecosistemas debido a las presiones humanas, este valor se alteraría en un período muy corto de tiempo, por lo que no tendría mucho sentido… en términos económicos fijar un costo.

Aún así el proyecto TEEB (The Economics of Ecosystems and Biodiversity) iniciativa amparada por el Programa de Medio Ambiente de Naciones Unidas, constituye un intento organizado de evaluación de ecosistemas en el que participan cerca de 250 científicos y colaboran unos 1300 expertos de todo el mundo. Para explicar los objetivos de dicho proyecto Carlos Muñoz, Director General de Investigación en Economía Ambiental del Instituto Nacional de Ecología de México e integrante del TEEB explicó a la BBC que en el norte de México, al norte de la ciudad de Monterrey, hay una cueva en la que vive un millón de murciélagos (…). Los científicos descubrieron que al atardecer, estos mamíferos salen a volar por la zona de Moroleón, donde se cultivan cítricos y otras plantas, y acaban con buena parte de las plagas que dañan estos cultivos. Por esta razón, los agricultores gastan mucho menos en plaguicidas y sus cultivos son más sanos. Apunta que, si por algún motivo esta cueva no se protegiera, se perderían millones de pesos en la región. Y aunque los campesinos notasen las pérdidas, no se darían cuenta de que se debe a la pérdida de biodiversidad. Carlos Muñoz habla del cálculo del valor de reemplazo; uno de los métodos que los investigadores emplean para determinar el valor de un servicio, considerando cuánto costaría reemplazarlo si no estuviese disponible. Sin embargo, este cálculo indirecto del valor de un servicio no daría exactamente el valor de un ecosistema, pues entran a jugar no sólo los servicios ecológicos, sino aspectos subjetivos que quedan en el plano perceptual: la aportación del valor estético, cultural, histórico, y esta integralidad es prácticamente imposible considerarla en un análisis económico. Estamos acostumbrados a simplificarlo todo y tratamos de hablar en un lenguaje común; el del dinero.

Se explica por ejemplo, que si se sabe cuánto cuesta filtrar el agua que abastece a un municipio si se hubiese talado la cuenca, o si se estima cuánto costaría irrigar los cultivos de una zona que ha perdido el glaciar que la alimentaba, se puede calcular el valor del ecosistema que sostiene la vida en una región determinada; y yo insisto… este cálculo jamás daría con el valor real. El gran desafío, es integrar conocimientos en un marco transdisciplinar y por supuesto, las percepciones, y aquí viene otro gran problema: un mismo ecosistema puede tener un valor diferente en dependencia de las personas que le evalúen. Y no me parece raro que exista esta tendencia en medio de la crisis ambiental global; hay quienes pueden ponerle precio a todo desde una perspectiva única y totalizadora.

Otro método para valorar los servicios de los ecosistemas es examinar los costos que genera la pérdida de la biodiversidad y los beneficios que acarrea el mantenerla, lo que constituye otra difícil aproximación. Sin embargo, esta iniciativa tiene en sí, la génesis de todos los problemas ambientales: el hombre se vale de todo aquello que le de beneficios a corto plazo. Todo esto no es más que un reflejo de dos tragedias humanas: la crisis ambiental y la económica que bien podrían resumirse en la llamada crisis de civilización.

Quizás dar valor a los ecosistemas constituye una iniciativa dirigida a quienes toman decisiones, con el objetivo de mejorar acciones de conservación de la biodiversidad y la integridad de los ecosistemas; de aquí que siempre se trate de elaborar una suerte de compendio de herramientas, que lleve a cifras lo que ambientalmente es invaluable. A mi juicio, en esencia este es un artificio para mejorar la percepción de la situación ambiental actual, que siempre va a subestimar el valor real de cualquier ecosistema.

Augustin Berghöfer explica que el proyecto de referencia hará visible lo invisible, pero quizás a expensas de ignorar valoraciones cualitativas que se deben conocer y divulgar. Pienso en el bosque amazónico y en cómo decirles a los que viven allí cuánto vale su ecosistema, calculado por otros. Y si de números se trata…habrá quien pueda pagar para tener posesión absoluta sobre un ecosistema o incluso quien interprete que si paga lo que vale, puede destruirlo.

El bosque amazónico, no sólo juega un papel ecológico fundamental como sumidero de carbono, sino que acuna una biodiversidad extraordinaria y sustenta una población numerosa. Sus servicios son invaluables, y es patrimonio de todos, pero hay un toque espiritual en los que viven en o de él, que jamás podremos tener los que estamos lejos. Aquellos que ignoran las consecuencias de la deforestación sobre la erosión, y el papel ecológico de este bosque, sólo podrán comprender a través de los números (en términos monetarios) que si supuestamente tiene un valor, pagando podrán acceder sin límites a sus bienes y servicios; esto por supuesto, no es nada nuevo.

Un valor monetario concreto, puede desconocer intangibles que rocen aspectos sociales clave como la identidad. ¿Dónde quedarán los valores estéticos, el imaginario de las comunidades, el valor espiritual, artístico, la riqueza del conocimiento ecológico tradicional, lo ancestral? ¿Cómo dar un valor justo que considere a cada uno de estos elementos?

Sin dudas la estrategia ha sido elevar el perfil económico de la biodiversidad y los ecosistemas, como medio para ofrecer herramientas de gestión a quienes elaboran e implementan las políticas ambientales, pero ¡CUIDADO! Al dar un valor monetario a los servicios ambientales de un ecosistema se corre el riesgo de perder el sentido básico de la comunicación, y no creo que eso contribuya a la estabilidad ecológica del planeta. Ponerle precio a un ecosistema es algo así como dar un valor a una madre, a un padre, a un hijo (a), a un amigo (a) o a los ¨servicios¨ que estos nos dan. Aunque la comparación parezca un sinsentido, la esencia es que hay relaciones que mueven una trama tan compleja que no aceptan análisis simples ni reduccionistas.

No es menos cierto que los bienes y servicios que ofrece la naturaleza han sido vistos muy frecuentemente como libres y disponibles a un costo muy pequeño o a ningún costo, y que esto debe cambiar en un plazo muy corto, pues ya el panorama ambiental lo exige, pero no será poniéndole valor a un ecosistema que se conseguirá preservarlo.

No me gusta leer….por ejemplo, que el valor de la absorción de carbono y la capacidad de almacenamiento de las selvas tropicales del mundo está estimado ¨conservadoramente¨ en US$60 mil millones al año y que necesitamos mecanismos financieros imaginativos e incentivos para asignarle a estos recursos un valor real y promover la reinversión en el capital natural, el cual ya hemos sobreutilizado… Tampoco entiendo cuando me explican que un pantano en estado original en un país del norte vale aproximadamente US$6.000 por hectárea y que cuando se seca o altera por utilizarlo para agricultura intensiva, el valor baja a un poco más de US$2.000 por hectárea. O bien que… los manglares en estado original valen US$1.000 por hectárea y una vez que se han limpiado para convertirlos en criaderos de camarón, el valor cae hasta aproximadamente US$200 por hectárea.

Prefiero verlo de otro modo y por eso celebro toda acción que cultive la espiritualidad y el acercamiento a la naturaleza, utilizando la abstracción en otros términos, quizás imaginando lo que había antes, lo que habrá si no somos capaces de conservar y lo que tendremos si somos capaces de actuar de forma sensata. Celebro a los que nos enseñan a respetar otras formas de vida y a entender cuán compleja y hermosa es la trama de la vida.

Pienso entonces en el río Yumurí, un elemento natural destacado, un cañón fluvial único, que traza los límites (por el noreste) entre los municipios de Baracoa y Maisí, y que constituye uno de los sitios más hermosos de la geografía cubana y de mayor biodiversidad y endemismo. Viajo en el recuerdo hasta mi primera expedición; puedo dar fe de que navegué por todo el río con pescadores de la zona. La verdad es que tiene un valor especial para mí, y qué decir entonces, para esos hombres que siempre vivieron allí, y que dependen de este río y aman todo cuanto acuna.  En sus 8,7 kilómetros de extensión hay más de 60 especies de aves, unas nueve especies de anfibios, de ellas ocho endémicas, entre las que destaca la ranita Eleutherodactylus bartonsmithi, exclusiva de Boca de Yumurí y cuatro subespecies de la Polimita picta. Los bosques adyacentes son refugio permanente del mancaperro o como le llaman allí: cocosí (artrópodo conocido también como mil pies), también hay reptiles como el jubito y el lagarto verde (Anolis baracoae) endémico de Baracoa. Bosques que atesoran una flora única: varias especies de helechos, árboles diversos con nombres locales que suenan como música al oído y otros más conocidos: najesí, guaguasí, ocuje, guáramo, ayúa, júcaro, cagüairán, jagüey, cupey; palmas y cocoteros. Y la verdad es que no puedo imaginar un valor para tanta fortuna.

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